¿Hasta cuándo, cuántos, cuál es el límite para agotar la figura de Batman? El superhéroe más versionado de todos, siendo cada nuevo modelo una apuesta fascinante: de eso se trata la última película de Matt Reeves. De darnos otro Batman, siempre otro, nunca uno solo.
Tratándose del Caballero de la Noche, podemos decir que esta vez la oscuridad es total. El héroe la abraza de lleno: con los ojos demacrados por el insomnio, con el cuerpo lleno de cicatrices, el Bruce Wayne de Robert Pattinson dedica su vida entera a combatir el delito. No tiene tiempo para fingir que es un frívolo multimillonario (como hacía la versión de Christian Bale). Vuelve a su guarida y sigue dándole vueltas a lo que ha visto: conectando pistas, descifrando códigos, jugándole una pulseada al Acertijo; en suma, cumpliendo un rol de detective: nunca antes Batman había puesto un pie en una escena del crimen.
El Superhéroe
Es criticable la forma en que se van resolviendo los misterios a lo largo de la película; la trama en sí es muy floja (ya volveremos sobre esto) pero basta que sirva de excusa para contemplar al Batman más gótico y estético, equívoco y sombrío de todos los tiempos.
Gótico es cuando se eleva con su pistola-gancho hasta lo más alto del edificio de la Policía: criatura nocturna de los rascacielos-catedrales, gárgola de bronce asomando al vacío, al laberinto, al caos de un inframundo disfrazado de ciudad.
Estético: porque es el Batman más bello, siéndolo su intérprete: cuando aparece sin la casaca de murciélago (sobre todo en la escena del memorial dedicado al alcalde) apreciamos de lleno aquel aire oscarwildeano, romántico, soñador de Robert Pattinson. Un hombre sencillamente hermoso; y no se queda atrás su contraparte femenina: luciendo su rostro de gata negra, sus pelucas de muñeca de discoteca, sus piernas acrobáticas capaces de obsesionar a Wayne (por poco más fuertes que su obsesión heroica). La tensión sexual entre Batman y Gatubela es explosiva, sobre todo porque nunca estalla; fuera de un fugaz beso, se mantiene contenida detrás de las máscaras. Toda la película vale esa escena en que él la agarra de atrás, le tapa la boca, y la esconde del vigilante.

Pasemos a nuestros dos últimos adjetivos: el Batman equívoco y sombrío. Lo es más que ningún otro: es un héroe lleno de contradicciones, dudas, inseguridad acerca del sentido y del éxito de la tarea que acomete. Es un pibe que vuelca sus negros pensamientos en un diario personal; es también un murciélago que puede volar pero no sin estamparse con el arco de un puente, rodar por la calle y levantarse rengueando. De no ser por su traje blindado, estaría bien muerto, dado que es tiroteado y golpeado a un nivel nunca antes visto. Es por tanto, un Batman fascinante, humano y precisamente por ello, imperfecto, oscuro: un verdadero hijo de la Noche.
La historia
¿Por qué decimos que de esta película sólo vale la contemplación de Batman (y de otros personajes muy bien logrados: además de Gatubela, el Pinguino, el Acertijo, Fal… no, Falcone no) y no la historia en sí? ¿Lo decimos? Sí, lo decimos. En primer lugar, las vueltas de la trama no están aceitadas, el misterio entero parece un montaje improvisado: por ejemplo, los descubrimientos a los que quiere llegar el Acertijo, que en principio son pintados como una enorme conspiración en la base del sistema, terminan siendo cuestiones nimias como el intento de Wayne padre de ocultar un pasado familiar, y el supuesto asesinato de un periodista.

La complicada relación policía-mafia-Wayne-soplón termina siendo un absurdo, por poner un ejemplo: la búsqueda de “the ratt” (el soplón) y su escaso sentido detectivesco; tienen que perseguir al Pinguino a través de una explosión de camiones para que diga poco más que lo que había dicho en el boliche, y ese poco más es que “rata alada” = Batman, pista que muere ahí porque de hecho no tenía nada que ver con nada.
El guión está lleno de nulidades de este tipo, como si hubiese sido poco trabajado: la gran “revelación” de Alfred sobre la bondad del padre, el giro de que Gatubela no era prostituta sino hija del fiolo, su ridículo y muy vueltero intento de matarlo, el “motivo” para matar a Annika, que apenas se había enterado de un 1% de la supuesta trama de complicidades; para más pruebas, la trama es un desastre.
Pero sigue siendo una gran experiencia cinematográfica.
